En los últimos años, algunas investigaciones científicas han comenzado a referirse a la vitamina D como la “vitamina de la vida eterna”. Aunque el término no es literal, sí refleja su importancia en procesos clave para la salud y el envejecimiento. Esta vitamina no solo fortalece los huesos, también está relacionada con el sistema inmunológico, la función muscular y el bienestar general, factores que influyen directamente en la calidad y esperanza de vida.
La vitamina D es particular porque el cuerpo puede producirla de manera natural al exponerse al sol. Sin embargo, el estilo de vida actual —más tiempo en interiores, uso constante de bloqueador y poca exposición solar— hace que muchas personas presenten niveles bajos. Por eso, la alimentación se vuelve una vía fundamental para mantenerla en rangos adecuados.
Entre los alimentos que aportan vitamina D destacan los pescados grasos como el salmón, la sardina, el atún y la caballa. También se encuentra en el hígado de res, la yema de huevo y algunos productos fortificados como la leche, bebidas vegetales, cereales y yogures. En menor cantidad, los hongos expuestos a la luz UV pueden aportar este nutriente, convirtiéndose en una opción interesante para dietas vegetarianas.

Mantener niveles adecuados de vitamina D se asocia con una mejor absorción de calcio, menor riesgo de enfermedades óseas, fortalecimiento del sistema inmune y una posible reducción en procesos inflamatorios. Todo esto ha llevado a que se le relacione con un envejecimiento más saludable y una mejor calidad de vida a largo plazo.
Hablar de la “vitamina de la vida eterna” no significa prometer juventud infinita, sino recordar que pequeños hábitos, como una alimentación equilibrada y una exposición solar responsable, pueden marcar una gran diferencia en nuestra salud con el paso del tiempo.
Redacción: #TQHTeam

